Carmen estaba cansada de aguantar un matrimonio que sólo le aportaba desdichas. Así que, después de la última paliza de su marido, se armó de valor y se fue de su casa con su pequeña Francisca, para buscar una vida mejor para las dos en la ciudad y escapar de todo aquello. Él ni siquiera se molestó en ir a buscarlas. Con la ayuda de unos familiares, pudo encontrar trabajo en una portería de gente pudiente y de esa manera pudo salir adelante. Las familias que allí vivían las ampararon y trataban de ayudarlas en todo lo posible. A Francisca le permitieron asistir al colegio donde iban sus hijas y de esa forma pudo recibir una buena educación.
Algunas tardes los mozalbetes del barrio esperaban a las niñas uniformadas que salían del colegio y se metían con ellas. Les hacían burlas, las llamaban ricachonas, las estiraban de las trenzas y alguno más bruto le lanzaba alguna piedra. Más de un día Francisca llegó a su casa llorando por ese motivo. Sobretodo se quejaba de Ginés, el hijo del fontanero, que era el que más se metía con ella. Ginés se quedó huérfano de madre cuando era muy pequeño y como su padre trabajaba mucho y no tenía apenas tiempo para ocuparse de él, pasaba mucho tiempo en la calle, haciendo de las suyas.
Un día Carmen, cansada de que su hija viniera llorando del colegio día sí y el siguiente también, fue a hablar con el padre de Ginés, hecha una furia. Le increpó que su hijo era un gamberro, y que lo controlara mejor. Algún capón se llevaría el chico pero no sería muy doloroso, ya que siguió con sus travesuras. Así hasta que se hicieron mayores. Y las cosas cambiaron un poco…
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1 comentario:
Soy el Kiko haver cuando sigues con esto marisa!digo sisa jejejejeejejejejejejejejejejeje
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